Desde que AMLO ganó la presidencia de México, decidió romper con los conceptos tradicionales de seguridad personal disolviendo el emblemático Estado Mayor presidencial, una decisión que provocó gran polémica.

Si bien es cierto que la disolución de dicho cuerpo castrense obedece a los motivos políticos, históricos y simbólicos del propio López Obrador, es evidente que el nuevo presidente busca una protección personal mucho más de acuerdo con su imagen que obedece a su cercanía con la gente.

Como político con gran sensibilidad social, AMLO entiende más que nadie que el sistema de seguridad ejecutiva tradicional con toda la parafernalia de pistolas, trajes negros y lentes obscuros, también es un símbolo de status e inclusive superioridad, siendo todo lo contrario a lo que el nuevo presidente desea proyectar. La sociedad actual es cada vez más horizontal y a través de las redes sociales, más participativa, lo que hace de la imagen del ejecutivo un factor que ningún especialista en seguridad a dignatarios puede ni debe ignorar.

Es evidente que AMLO no puede tener un sistema de protección tradicional el cual en su entrevista con Azucena Uresti calificó de “arrogante” y “fantoche”. Con ésta calificación el nuevo presidente expresa también el sentir de una gran parte de la sociedad mexicana cansada de arrogancia y privilegios.

Sin embargo desde el anuncio de la ayudantía a la fecha, muchas cosas han cambiado: AMLO toma la decisión de cancelar el NAIM y aún a su pesar pondrá a consulta un posible juicio a los ex presidentes. Muchos analistas como el Dr. Lorenzo Meyer insinúan que un movimiento en contra de ciertos personajes y grupos, puede representar un riesgo para la vida del Presidente. AMLO dejó claro que no va ser “florero” y lo está demostrando, sin embargo un “presidente florero” tiene pocas amenazas pero un cambio de régimen como lo define Andres Manuel, genera importantes riesgos para quien lo ejecuta. Los procesos de transición implican reajustes de los centros de poder, donde no todos de manera inmediata quedan bajo el control del nuevo sistema, los diversos grupos de interés pueden llegar a ser afectados y estando acorralados pueden tomar decisiones desesperadas. El magnicidio del Primer Ministro Serbio Zoran Djindjić es un claro ejemplo de cómo los poderes subterráneos, perdedores de la transición, actuaron de manera desesperada cuando en 2003 apagaron una luz de esperanza que éste político representaba para el sufrido país balcánico. Es por todo esto que las voces que piden una mayor seguridad para AMLO son cada vez más fuertes, inclusive dentro de su propia familia.

El sistema de protección del nuevo presidente debe ser discreto pero muy eficaz. El presidente no se defiende con armas y lentes obscuros sino con un robusto sistema de inteligencia que mitiga las amenazas mucho antes de que se escenifiquen.

Una protección poderosa pero discreta, implica varios círculos de seguridad no visibles que en un momento podrían sorprender a los agresores – a la vez que recolectan la inteligencia, realizan la contra vigilancia, organizan la logística, reducen la exposición y ayudan a proyectar la imagen necesaria.

El estado mexicano necesita una nueva institución de protección a dignatarios de carácter civil, basada en la inteligencia y ligada a seguridad nacional, como lo son el Servicio Secreto norteamericano o FSO Ruso, que responderá no solo a las necesidades del nuevo presidente sino a las tendencias de la sociedad mexicana moderna en general.